Mujer Bonita
El arte sugestivo es como una irradiación
de las
cosas en el sueño: es un desarrollo,
una expansión de nuestra propia vida.
Odilon Redon
La obra de Rosa González establece puentes entre
sentidos diversos, la infancia, la materia, el objeto, el ornamento y el
misterio que entrañan las cosas abandonadas.
Sujetas a un universo poblado de rostros ancestrales,
femeninos y míticos sus obras encuentran
la reducción invertida de todo lo que hay: bordo luego existo. El mundo es
posterior al entramado que el cuerpo imprime sobre la tela. La escritura, de
objetos y bordados, es sometida al rasguño pacífico y afilado de una aguja que
atraviesa el plano. El revés no es un espejo alterado sino la realidad
necesaria de toda aparición.
Roger Callois advirtió una interesante contraposición
entre el uso de los objetos que propone el capitalismo y aquel que hacen los
niños. El capitalismo es pragmático y efectivo, las cosas no poseen coordenadas
internas sino sólo líneas direccionadas para su producción y consumo. Los niños
acumulan cosas en desuso y las ordenan bajo el criterio sentencioso de un
mecanismo mágico, donde un espiral inexplicables abre el juego a la invención. Lo
que nos recuerda Callois es que el mundo tiene diversas configuraciones, no
estadios que deben ser superado. De todas las variedades el capitalismo es el menos
aconsejable porque evidentemente olvida lo sagrado.
El mundo de los niños carece de función comercial,
por lo tanto de muerte. La línea paralela entre la producción industrial y la
línea de tiempo que conduce a cada uno de nosotros del nacimiento a la muerte
se desvanece. El niño opera en una franja intermedia que manipula a su antojo
en la repetición, superposición y acumulación. La dimensión abierta en el
espacio del sin sentido no significa perder el mundo por el contrario es presencia
absoluta de lo que la perspectiva adulta ha ocultado.
Rosa González pareciera operar en esa franja, donde
resuena el rostro de una mujer hermosa en la distancia de los primeros sueños.
Una mujer que es al mismo tiempo niña y se inventa en la guata porosa de cada
una de sus muñecas, en el hilado musical de su puntada. Su ser artista desenvuelve
la linealidad en el ritmo minucioso del ovillo colorido. A veces, enredada en
la materia de sus trabajos, ingresa en un túnel que la aleja del mundo, pero la
devuelve a una realidad visual que aparece en sus obras.
Allí, en ese universo felizmente desordenado y lúdico,
en el espiral barroco y terrible de las cosas bellas que crecen en la infancia,
el arte cobra las imprecisas y generosas formas de lo vital.
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