domingo, 28 de febrero de 2016

Ramos Generales: una muestra de Rosa Mercedes González

Quizás sólo quedé de ella una cinta azul en fondo de un cofre
Joaquín O. Gianuzzi

Durante el transcurso de 2014 tuve el placer de trabajar con Rosa Mercedes González, desde el Museo Caraffa me designaron curadora de su exposición a realizarse en noviembre de ese mismo año. Además, Rosa me invito a participar en la edición de un libro-catálogo de la colección de Fundación Vittal (Buenos Aires) donde también escribí un texto. A lo largo de la investigación, exploración y vivencia de su obra, sus ideas y experimentos no sólo reconocí un lenguaje que tenía vida propia (se expandía, explotaba y retraía) sino que sentí que juntas nos íbamos transformando. Entendí que curar una exposición es verdaderamente el camino de la curación de nuestro propio ego, el camino de la escucha y la disposición para discernir.
En dicho estado, propicio para el dialogo y el encuentro, con Rosa inventamos una narrativa, una composición denominada Ramos Generales. A ella le gustaba esa referencia vintage a un lugar mágico y extinto. Un espacio que pudiera recrear las versiones de una tienda de pueblo, una galería de antigüedades o un museo multifacético. Bruno Schultz, dibujante y escritor de origen polaco, escribió un cuento hermoso que se llama “Las tiendas color canela”, referido a su infancia. En ese texto recrea de manera fantástica y singular el almacén de su padre; un lugar donde toda aparición es posible y donde el niño que allí creció, subsiste en él, más allá del tiempo.
Seguramente a la mayoría de nosotros, a casi todos los niños y poetas, nos atraen esas miniaturas acumuladas en cajas según su forma y tamaño, las mercerías, con tesoros de brillo plástico acurrucadas en cajas desteñidas o las vitrinas de orden aleatorio donde el azar compone diversas sinfonías.
El no-mercado puebla esas regiones de cosas olvidadas, sujetas al destino de basura, estupefactas en el ocaso de la moda. Por suerte, ese atractivo paraíso del no-mercado, en reducidas oportunidades prospera a la región de un no-lugar. Por el contrario, se multiplica secretamente en los hemisferios del arte. Recordemos a Joseph Cornell y sus exquisitas cajas ensambladas con deshechos de las avenidas de New York. Pájaros, muñecas, mariposas, dedales, jaulas, cintas, hilos, cartones encontraron un nuevo hogar en los límites disparatados y lúdicos del gran inventor Joseph Cornell.
La exposición de Rosa, no esta hecha de residuos, pero le concede al espectador una mirada acerca de las cosas muy diferente a la que cotidianamente nos propician los objetos de manufactura industrial, hechos en series e impersonales. Cada uno de sus objetos y pinturas se escaparon de un cuento imposible de Lewis Carrol o de la memoria material de Walter Benjamín, paseando en atiborradas colecciones de un Museo de Ciencias Naturales de París.
Un inesperado conejo surge de una tabla de lavar ropa de madera, pájaros de los valles de Córdoba anidan multicolores telas deshilachadas, muñecas con perlitas antiguas, inventarios de libros antiguos, ostentan vivir una alegría primordial y sencilla.
“Ramos Generales” es ese organismo que se mueve y bifurca, hacía la magia y el juego, apareciendo y desapareciendo. Niños asombrados se reflejan en los cristales de las obras pero quien esta del otro lado es una muñeca insistente en la dimensión de la ternura.
Cada obra de Rosa no disimula su título. Las acuarelas y las pinturas son texto y dibujo, palabra e imagen, esbozando la simpática partitura de un algún encuentro, de algún baile imaginario.
Es sabido que la infancia, tal como la concebimos en la actualidad, no es parte de la evolución natural sino una invención de la cultura burguesa. La literatura infantil como las imágenes que siempre la acompañan son de gran importancia para definir esa etapa de la vida. Aunque si lo pensamos bien lo más probable es que la ecuación sea significativamente a la inversa: son los niños quienes operan en el mundo de las imágenes, determinando su sentido y existencia. Más allá de la cultura hay algo que pervive en nosotros y quiere se descubierto.
La experiencia de la infancia es fundamental en la obra de Rosa González, no en el sentido de la psicología evolutiva, sino en el recuerdo de sus percepciones y sueños, en la lógica desviada que recorre la vida y el mundo, en las vivencias de  las relaciones y el arte.

También los niños olvidan su ego, son sin él, están siempre curados de ese mal que nos encierra y limita. Se abren, como un pequeño capullo y se enfrentan al mundo, dejando señales cintas azules, en el fondo de un cofre olvidado.


miércoles, 30 de septiembre de 2015

Martín Blaszko y lo singular

                Si rastreamos en la genealogía de algunos conceptos, si buscamos las diferentes acepciones de las palabras, podemos descubrir extrañas formas del lenguaje, anomalías interesantes y estimulantes. En la historia del arte encontramos cosas así, relaciones y vínculos, diferencias o similitudes, entre definiciones que no aparecen en otras áreas del conocimiento. Por ejemplo, hace unos días leía Conflictos del alma infantil de Carl Jung y al respecto de la disposición cognitiva de los niños distinguía, claramente, lo abstracto de lo concreto. Lo abstracto es aquella capacidad del pensamiento para elaborar una imagen sin referencias específicas, sin un referente real; lo concreto es materia que se conceptualiza, lo que puede percibirse, sentirse o localizarse allí afuera,  en el mundo exterior.
Cuando, en un amplio panorama estético, distinguimos las diferentes corrientes vanguardistas en Argentina, los inicios del Movimiento MADÍ, las experiencias Arte Concreto-Invención o la Revista Arturo encontramos que, en el entusiasta deseo de abandonar la figuración, lo abstracto y lo concreto pueden mezclarse y, ocasionalmente, confundirse.
La mayoría de los principales integrantes de dichos movimientos eran inmigrantes europeos: Carmelo Arden Quin, Gyula Kosice, Rhod Rothfuss, Esteban Eitler y Martín Blaszko, entre otros. El problema del dualismo, entre idea y materia, forma y contenido, es central en la filosofía de occidente y también, en el origen de las vanguardias europeas. En el abandono de la representación clásica subyace el intento de los artistas, desde Cézanne a Duchamp, de localizar la mirada y ampliar nuestro horizonte simbólico.
Las coordenadas son la libertad creativa y la invención, la infinitud para el tiempo naciente en la materia, un nuevo orden para el mundo conocido. En esta dirección, iluminado por su trabajo, en el centro de una singularidad inagotable, aparece Martín Blaszko.
Efectivamente, cuando admiramos su obra o lo vemos a él hablar, mirar y reflexionar, en diferentes documentales y entrevistas, advertimos que el artista encontró y desarrolló hasta el infinito una contundente lógica interna. En este sentido, la transgresión más interesante de Blaszko no se ubica en el orden de los elementos plásticos, la forma, la armonía, el ritmo, la materia sino en los elementos físicos, el tiempo y el espacio.
Sus pinturas y esculturas trazan figuras, geometrías, estructuras, tensiones, maquinarias que despilfarran referencias al arte abstracto y concreto, al constructivismo y a MADÍ. Sin embargo, su obra no es un conjunto de todas estas tendencias, tampoco una referencia histórica de movimientos que han desaparecido. Sus obras permanecen actuales, fieles a una vitalidad que les fue proferida en el origen de su creación.
Blaszko trabajó con pasión, convencido que la tensión lograda por el ritmo y la armonía, cuando es certera, puede definir en una sola forma todo el universo. Un momento provisorio y singular,  la huella perfecta del tiempo en la materia.
Blaszko habitaba su obra como un recinto ineludible. Pero lo hacía con felicidad, la alegría spinoziana que reivindica las pasiones luminosas. Así, persistió Blaszko hasta el último día de su vida, si hablar de final es pertinente en un artista que jamás vaticino la muerte o el fin del arte, por el contrario, se consagró al nacimiento de una singularidad infinita. Algunos títulos de sus esculturas lo confirman Júbilo, El arranque feliz, Ritmo biológicos, Venciendo la fatalidad, Juegos otoñales, Equilibrio vital, Columna sentimental o Sosiego, son tópicos poéticos para un mapa de la imaginación optimista.
Su obra, el conjunto de pinturas, esculturas y collages, es la reiterada afirmación de un mundo interno que logra resolverse y afirmarse en el arte, más allá de cualquier tendencia específica. Cada aparición escultórica, cada momento de una abstracción que logra concretarse, es la única versión de esa singularidad espacio-temporal configurada en la infinita afirmación de Martín Blaszko.
Su obra es inconfundible, de eso no tengo dudas, lo advierto, nunca puedo confundirlo, a pesar de las figuras inasibles, de la complejidad. Hay una presencia que resiste y late. Formas arbóreas y constructivas que aparecen, geografías de minimalistas paisajes, una emanación constante, indestructible e inigualable. Un ritmo único, propio, como el tiempo y el espacio, como su voz y su sonrisa.  













Las cosas están latiendo y hablando la lengua del origen.



Las cosas están latiendo y hablando la lengua del origen.


Archivos del origen


Hombrecito niño viejo viruejo de picopicotuejo de
pomporerá, para que puedas volverte rincón de la iglesia
permanece, por favor, en el rincón de la iglesia.
Arnaldo Calveyra (Maizal del Gregoriano)



Hace unos meses comenzamos a trabajar con Rosa y, desde el primer día, ella estuvo buscando vestigios, rastros, tramos de su propia memoria en archivos diferentes. Durante ese tiempo, un tiempo replegado a las fronteras de todas sus imágenes, las obras se fueron ordenando,  compusieron su propio relato. La materia, la cáscara, se despertó con las intervenciones de Rosa en el origen de los recuerdos y así, lentamente, todo se abrió para mostrarse.
Como un jardín barroco o una montaña que estalla y se enciende, su inmensa obra emana a la superficie. Así, el cauce musical de los dibujos y bordados entreteje una música colorida que no adhiere a la simple cronología de las cosas: inventa el tiempo cada vez que nos resucita en la mirada la presencia de una imagen.
Se desprenden de un taller íntimo y colorido, escapan de los rincones, acechan pinturas y muñecas, collages y dibujos, textiles y acuarelas. La proliferación de trabajos se prolonga; un continuo flujo de imágenes configura el método en el que Rosa reside en la inalterable geografía de su obra.
Habitar el origen propicia la vitalidad del espacio en el límite de esa arquitectura inicial; no acecha la regularidad geométrica, el reflejo de vibrantes canutillos de cristal, multiplica lo que hay. El juego y la inventiva, las palabras que son y no son, los personajes imaginados o soñados trazan y modelan la apariencia.
El origen es la infancia, una prolongación vital del principio de los tiempos. Como cree Roger Callois en su hermoso ensayo Tesoros Secretos, el significado que los niños imprimen al mundo ordinario produce un quiebre, una grieta. Los objetos, para ellos, guardan secretos, esconden el misterio de los significados que jamás serán revelados a la luz del día en la intemperie. También las obras de Rosa guardan un pálpito antiguo, cenizas, feroces erupciones que hacen renacer continuamente lo que existe.
Cada obra se presenta como un mapa que va y viene, que se escapa y aparece en el futuro, en el pasado; al mismo tiempo retiene y expulsa la primera visión o la primera pesadilla.
Así la artista pierde y encuentra los tramos de su memoria con singular naturalidad: lo que se libera expande las fronteras de lo conocido, y aquello que se recupera acecha, silenciosamente, el impredecible trayecto del devenir. Una dialéctica de la acumulación y el desvarío que se resuelve, provisoriamente, en el deseo de volver a crear. Rosa no puede detenerse, la pulsión originaria es, sobre todo, lo que ella escucha. Ese latido constante, imperfecto, del primer deseo que nunca acaba. Esa regular insistencia de una voz única, de un ritmo propio que no se repliega ni desatiende.
Las obras acumuladas hacen ruido, reclaman su lugar en la composición de una serenata nocturna, de un libreto inefable, en permanente ebullición. Las imágenes esperan permanecer y ser la vida misma que, dedicada al arte, vive alegremente.
Imagino a Rosa sorprendida, revolviendo y encontrando más dibujos, más collages, más pinturas. La veo detenerse en esos límites que anuncian la reveladora vigencia del origen, del primer trazo siempre presente. La escucho descubrir anécdotas e historias alrededor de cada figuración, un lenguaje visceral que nace de sus muñecas de trapo. La presiento desviar cada noche, sonámbula, los acontecimientos hacia el incendiario centro del arte para quedarse allí, en un rincón.
“Olvidar las buenas formas”, repite Rosa como un mantra... Y esto es lo que hay, Rosita, picopicotuejo de pomporerá.


El acorde oculto de los objetos 

No se espera otra cosa que música y deja, deja que el sufrimiento
que vibra en formas traidoras
y demasiado bellas llegue al fondo de los fondos.
Alejandra Pizarnik (El infierno musical)


Suena un acordeón, la música viene desde una casita turquesa. Desde la ventana, se ve un enorme jardín donde florece el azahar y maduran las naranjas. Por el sendero que va desde la puerta principal a un laberinto, el taller de Rosa ha sido emplazado. Todas las cosas que allí se ordenan tienen la lógica de una obra de arte, la dimensión de lo visual se enreda en múltiples objetos, se mueve, las sombras interpretan sus papeles teatrales.
Rosa ha convertido a todos los objetos, grandes o pequeños, terribles o hermosos, en componentes de una narrativa. Sus retablos, cajas o teatros son versiones de la realidad imposibles de captar en el entramado de una teoría de la verdad, pero sí en la arquitectura fantástica de sus ensambles. Cada uno de sus micro-universos responde a las leyes de la imaginación, del ensueño, del juego y de otras dimensiones oblicuas; aunque también intentan, como Alicia en el reino del espejo, hacer de estas versiones extrañas las únicas evidencias reales.
Pienso en el acordeón que Rosa aprende (o desaprende) a ejecutar, en esa curiosa anatomía del instrumento conformada por pliegues y complejas rugosidades. La morfología musical es análoga a sus artefactos visuales. Escuchamos el ritmo grave que resuena en cada objeto encontrado, las cosas están latiendo y hablando la lengua del origen. La armonía se corresponde con una partitura atonal o es Rosa la que tiene un pequeño acordeón adentro.

Jorge Bonino, actor y performer cordobés, también experimentó con música; improvisaba en sus  desopilantes puestas escénicas ritmos propios. Él creía que la música era energía pura, que fluía con más facilidad que, por ejemplo, los mensajes gráficos. La música se acerca más, en el movimiento sonoro, a ese lenguaje universal que él invento jugando. Rosa apela al abrazo necesario entre el ejecutante y el instrumento, al afecto que se produce en el encuentro perceptivo. El mundo interior que se proyecta en el instrumento y se traduce en música involucra el cuerpo. La corporalidad aparece extasiada y alegre, organiza su propia noche iluminada.

La lengua inconclusa de los ornamentos  

El objeto más delicado sostenido
también delicadísimamente:
la pequeña balanza de las perlas.
Circe Maia  (La pesadora de perlas)


Muchas mujeres viven en Rosa, la mayoría de ellas son hembras valerosas, creativas heroínas. Otras son locas, madres acunadoras de cachorros, solitarias y poetas. Estas mujeres no están solo ilustradas en su obra, aparecen, brotan y florecen en el voluptuoso catálogo de la artista como protagonistas de una realidad encantada. Todas ellas poseen cuerpos que, al igual que Frankenstein, fueron ideados para satisfacer la imaginación más allá de cualquier posibilidad concreta.
Las Venus de trapos, de papel y de hilos se corresponden con un ideal lúdico y de majestuosa particularidad; lo que en la moda se desprecia, aquí, es adorado.
Un despliegue de ornamentos, joyas y emplumados acaricia la piel de cada cuerpito. Ellas, poderosas, se preparan para un ritual, para el encantamiento o el amor.
Cada mujer luce, a su manera, salvaje o discreta, antigua o contemporánea, las delicias de sus indumentarias desvencijadas, como un muestrario perfecto del decorado más original. Muchas son como niñas que se disfrazan de adultas; otras se anticipan a la edad y a la primavera, elaboran un impulsivo lenguaje de la rebeldía.   
Botones de colores, tules transparentes, collares de perlas, sombreros, vestidos bordados, pelos azules y ponchos de lana. Flores brillantes, lentejuelas desteñidas, abanicos y estrellas son los adornos que acompañan estas exquisitas anatomías. Quizás sería mucho más acertado decir ornamentos, mapas, linternas que alumbran la diferencia en las cosas iguales.
La arquitectura, entonces, el hogar fluctuante de las mujeres muñecas, es una máscara de mostacillas, un vestido deshilachado, una joya de papel, un escondite liviano para enternecer a los pájaros.   
Así, el universo de Rosa se enlaza y entreteje, une el interior con el exterior, el cuerpo con las cosas, el ritmo con las palabras y lo invisible con lo visible. Como una aguja que entra y sale por la superficie de tela transforma la materia en formas, la visión de Rosa sintetiza la melodía de los días con el lejano perfume del azahar.




Mariana Robles



domingo, 17 de mayo de 2015

El ojo invisible de la materia


Los gorriones vistos de tan cerca tenían
un aspecto verdaderamente monstruoso.
Girogio de Chirico (Hebdómeros)


El plano de la hoja, los espacios de una escultura, los negros intensos de un grabado, los dibujos con oleo sobre un papel o cualquier otro atributo de la trama visual son, sin duda, momentos de un lenguaje autónomo. La obra ordena una dimensión de la realidad, que no es una representación de ella pero, sin embargo, la invoca secretamente. El límite de cada obra es el límite del mundo, porque fuera de las singularidades nacidas en la trama visual, el orden de las cosas depende de la mirada: de un ojo humano encarnado en un cuerpo. Una perspectiva particular que convierte los significados dados, naturalizados, en nuevas formas poéticas.
En las obras de José Benito, la materia ya contiene ese sentido vertiginoso del decir, la dimensión metafísica para crear un mundo, el poder transformador de cambiar las pupilas por lenguas. La obra es la puesta en evidencia de las ideas que impregnan esa sustancia, que la organizan en el génesis de la visión, para otorgarle entidad, entre las cosas que existen.
Específicamente, en el caso de Benito, las texturas se presentan a la mirada, como una membrana primaria. Las rugosidades, las líneas o las hendiduras componen complejas superficies, laberintos que no acaban nunca. Esas geografías son pieles, que protegen las no-formas del origen, la inexistencia de lo existente, lo invisible. Aferrada a la materia, la epidermis texturada de un dibujo o una escultura provoca erupciones que develan sutilmente su interior pero también esconde, un misterio.
El desarrollo de variadas técnicas y formatos, la potencia híbrida de su lenguaje y la constante creación, son características que sitúan al artista en el campo de la invención constructiva. Así, Benito habita el laberinto donde los arquetipos primeros y las geometrías ancestrales revelan una incesante vocación por el origen; por aquello que nunca perderá su esencia.

Una y otra vez, lo mismo aparece y al hacerlo, se diferencia. En el seno de la creación y en la persistencia de la imagen, confiamos en la visión que todo lo abre.


 

viernes, 27 de junio de 2014

sobre Ides Khilen


Ides Khilen
El arte es como un centro donde todos los lugares
  invisibles de la mente se vuelven visibles.  
Leonora Carrington

La obra de Ides Khilen es esencialmente sinfónica, un movimiento armónico entre el fondo y las figuras componen la partitura de una música diferente.  La materia reúne el movimiento del cuerpo y cierta felicidad del pensamiento al pasearse por esas maravillosas composiciones. El conjunto de su obra es la escritura plástica de una relación intensa entre la abstracción y la figuración, entre la simplicidad del lenguaje geométrico y la violencia del gesto.
Su relación con las vanguardias europeas, -más allá que en los inicios de su carrera Ides estudió en París con André Lothe y en Argentina con Emilio Petorutti y Batlle Planas, exponentes de las vanguardias locales- intuyo que su obra transita un sendero artístico  audazmente indeterminado. Un sendero  atomizado en un tiempo propio, temporalidad que Ides fue tejiendo para sobrevivir en el entramado de su pintura, en la sorpresa de su aparición reciente, el alejamiento voluntario del mundo del arte y el acercamiento poético  al centro de sus creaciones. Tanto su obra, como su estilo personal, pueden ubicarla en un grupo de artistas mujeres excepcionales como fueron Leonora Carrington, Leonor Fini y Remedios Varo. Todas ellas intensas y misteriosas, inmortales y extranjeras del mundo de las contingencias. Ellas solitarias y atrevidas rodean la racionalidad historicista de las vanguardias para rescatar de la modernidad la posibilidad de inventar e inventarse, como diosas paganas o hechiceras. 
Así, su pintura nos ubica en un territorio virgen del arte argentino y en una naturaleza indomable del arte en general, vinculada especialmente a la capacidad de reunir lo individual y lo universal, lo personal y lo heredado, lo visible con lo invisible, lo mítico y lo racional en el movimiento, en el oleaje, de la creación. Como en los primeros días, como el génesis inexplicable de todo lo que hay, alguien llamado Ides reinventa el arte para concederle a la emoción un lugar en la mirada.




jueves, 15 de mayo de 2014

Mujer Bonita

El arte sugestivo es como una irradiación de las
cosas en el sueño: es un desarrollo,
una expansión de nuestra propia vida.
Odilon Redon


La obra de Rosa González establece puentes entre sentidos diversos, la infancia, la materia, el objeto, el ornamento y el misterio que entrañan las cosas abandonadas.
Sujetas a un universo poblado de rostros ancestrales, femeninos y míticos  sus obras encuentran la reducción invertida de todo lo que hay: bordo luego existo. El mundo es posterior al entramado que el cuerpo imprime sobre la tela. La escritura, de objetos y bordados, es sometida al rasguño pacífico y afilado de una aguja que atraviesa el plano. El revés no es un espejo alterado sino la realidad necesaria de toda aparición.
Roger Callois advirtió una interesante contraposición entre el uso de los objetos que propone el capitalismo y aquel que hacen los niños. El capitalismo es pragmático y efectivo, las cosas no poseen coordenadas internas sino sólo líneas direccionadas para su producción y consumo. Los niños acumulan cosas en desuso y las ordenan bajo el criterio sentencioso de un mecanismo mágico, donde un espiral inexplicables abre el juego a la invención. Lo que nos recuerda Callois es que el mundo tiene diversas configuraciones, no estadios que deben ser superado. De todas las variedades el capitalismo es el menos aconsejable porque evidentemente olvida lo sagrado.
El mundo de los niños carece de función comercial, por lo tanto de muerte. La línea paralela entre la producción industrial y la línea de tiempo que conduce a cada uno de nosotros del nacimiento a la muerte se desvanece. El niño opera en una franja intermedia que manipula a su antojo en la repetición, superposición y acumulación. La dimensión abierta en el espacio del sin sentido no significa perder el mundo por el contrario es presencia absoluta de lo que la perspectiva adulta ha ocultado.
Rosa González pareciera operar en esa franja, donde resuena el rostro de una mujer hermosa en la distancia de los primeros sueños. Una mujer que es al mismo tiempo niña y se inventa en la guata porosa de cada una de sus muñecas, en el hilado musical de su puntada. Su ser artista desenvuelve la linealidad en el ritmo minucioso del ovillo colorido. A veces, enredada en la materia de sus trabajos, ingresa en un túnel que la aleja del mundo, pero la devuelve a una realidad visual que aparece en sus obras.
Allí, en ese universo felizmente desordenado y lúdico, en el espiral barroco y terrible de las cosas bellas que crecen en la infancia, el arte cobra las imprecisas y generosas formas de lo vital.  
      



miércoles, 23 de abril de 2014

Dobles
 “Una vez más, y como un escalofrío, me entró cualquier
intento de defensa la certeza de hallarme en una estrofa
de un poema ajeno, y me sacudió de tal forma que miré
furtivamente a mi alrededor por si me habían visto.”
Werner Herzog, La Conquista de lo Inútil

Hace unos meses leí un cuento del escritor peruano Julio Ramón Ribeyro donde el personaje principal convencido de la existencia de un doble radicado en Australia, abandona su rutina habitual para encontrarlo. En un relato de Julio Cortázar una chica desde Argentina escribe cartas a una joven idéntica a sí misma que vive en un frío país del norte. En ambos casos, el encuentro tan ansiado con los dobles no fueron experiencias felices. Por el contrario aquellos que se consideraban la versión original advirtieron que la ingenuidad que guiaba sus búsquedas no era la misma que habitaba en aquellos dobles. Pronto descubrieron que sus doppeltgänger se engullían sus vidas personales para sumirlas en una identidad ajena. El espejismo posee cualidades camaleónicas inmejorables y no se somete fácilmente a los designios de un demiurgo terrenal que, al igual que él, ocupa con su cuerpo el espacio y con su historia el tiempo.
En los cuentos, como en el video Dobles de Leticia Obeid, el problema de la identidad parece tornarse un juego distinto de los principios de la lógica tradicional, un ser puede ser y no ser al mismo tiempo. Irrumpe en la realidad transcurriendo como una ficción o buscando ese reflejo que atestigüe la propia existencia. Me acuerdo de una anécdota que relató Silvio Mattoni en un seminario sobre poesía argentina, el encuentro de Juan L. Ortiz con un supuesto doble en un ascensor de China. Después de aquel acontecimiento la relación con su propia orientalidad se vió más afectada, afirmada con más contundencia. Evidentemente los dobles no son tales, la dialéctica del amo y el esclavo subsiste en esa tensión por la unidad, a la que finalmente se ven reducidos, para habitar el mundo real. En el caso de Juan L. Ortiz no se advierte esa tensión traumática, como en los cuentos, pero si una diferencia; la orientalidad del doble acentúa el estilo del poeta Entrerriano.     
La distancia geográfica es una característica de los ejemplos, en el corazón de lo idéntico se reúnen lo lejano y lo cercano, lo conocido y lo desconocido. El otro, que soy y no soy hace, muchas veces, del mundo un lugar más extenso y habitable, una morada donde perseguir destinos variados. Los dobles, los reconocidos actores del doblaje mexicano entrevistados por Obeid, son puentes para transitar realidades desconocidas pero a su vez muy familiares, culturas distintas pero afectivamente cercanas. En el contexto de la monumental industria televisiva y cinematográfica la artista rescata los cuerpos ocultos como doppeltgänge de nuestra sociedad actual. Sociedad que no sólo niega la posibilidad de jugar con identidades múltiples, alienígenas, inventadas o creativas sino peor aún sostiene ese proyecto modernista en el ocultamiento de lo distinto.    
Las entrevistas realizadas en Dobles y también la clase de doblaje impartida por Humberto Vélez en el video Los sonidos de atrás, expuesto actualmente en el Museo Caraffa, abundan en alegres afirmaciones. Las filmaciones de Obeid muestran los rostros y los cuerpos que han donado sus voces al entretenimiento, potenciando la fuerza indomable de lo particular.  

Mariana Robles

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