Soledad Videla propone un montaje con pinturas que
invocan retazos de telas, manteles, empapelados y otras grafías referentes al
orden de lo doméstico y de lo íntimo. Son, cada una de ellas, presencias
reiteradas que invaden, inevitablemente, todos los hogares. Muchas rememoran la
infancia, juegan entre pliegues antiguos adosados a la memoria. Otras pinturas,
sin embargo, claman la actualidad de la percepción, nuestra experiencia
inmediata con las cosas del mundo. En ese vaivén, de tiempos y espacios, la
mirada busca continuar con cada estampa, extenderse en ellas hacía su
referencia, no juzgar la identidad entre lo real y su copia, sino restaurar
esos fragmentos con el género textil que le dio origen. Invocamos, con ojos
perplejos, el flujo continuo de lo visto para sumergirnos en él, en esa gran
ola multiforme y estridente. Soledad dispone y construye una trama infinita de
los modos de ser donde la pintura medita y los pensamientos recorren el
lunes, 2 de diciembre de 2019
La pintura, una abertura táctil
Plagas indecentes
Los cuentos de hadas, por ejemplo, los muy conocidos de
los Hermanos Grimm, personifican estados cósmicos y meteorológicos. Lo que
vemos o leemos no es simplemente una bella dama inocente o una desenfadada
bruja malvada, son representaciones del cosmos, fulgurados y cíclicos estados
que algún humano encarna. Druidas, pigmeos, duendes y niños que siempre hablan y
se relacionan con animales, estrellas o árboles sin inconveniente como sí entre
ellos y el habla, el conocimiento en general, no hubiese impedimentos. La obra
de Sofía Torres Kosiba presenta una teatralización, en diversos lenguajes
plásticos, en diversos soportes, pero siempre con una constante, una lírica de
lo extravagante. En esta ocasión, corneja, lirón, rata y loba son el disfraz
que Sofía elige para transportarse por diversas eventualidades, en esa
dramaturgia de lo fantástico. Cada animal es un disfraz para pasar
desapercibida en diferentes comarcas de seres extraños, donde poderes de
ordenes magníficos son ofrendados. Su repertorio de personajes responde a esa
morfología de lo mágico, a ciertas confrontaciones íntimas con lo dado, tal
cual lo aceptamos regularmente. La obra de Sofía quizás no sea estrictamente
arte, es decir un diagrama que se adapta al vaivén de los conceptos o a su evolución
y tendencias, más bien, es una estrategia secreta. Esas mismas estrategias que
adopta una aventurada niña, por ejemplo, cuando decide seguir por un túnel
subterráneo a un conejo blanco hasta las regiones rojas de una reina de
corazones. Por otra parte, el animalario que se presenta responde a
connotaciones oscuras, en diversas mitologías se menciona a la rata y a los
lobos como emisarios del mal o el demonio, sobrevivientes del fuego del
infierno, por su parte, la corneja ostenta un plumaje renegrido como la noche y
el lirón en el largo invierno esconde en la oscuridad subterránea su pequeño
cuerpo. En esos cuerpos Sofía habita,
enamorada de sus corazas imperfectas, animales menores de la zoología
especializada, renegados, parias, sedientos de nocturnos paramos, del oro
rabioso de las penumbras. Enamorada como Marosa Di Giorgio de una fauna salvaje
e indomable, extasiada de aromas y sonidos, que anuncia Miró por la ventana, a la noche negra, con un extraño rubí en la punta
de la noche, no era una farola ni estrella, era una representación, que se
mostraba así. Era una bocina sexual, roja al extremo, una cosa de pétalo,
cocida a punto caramelo, a fuego de almíbar de hiena, como sí viera en su
torre indómita y lejana, bajo la luna marchita, a Sofía extender sus suaves
plumas.
Figurines y sombras
El despliegue de lo interior
Las formas son coloridas, los cromatismos se nutren de
los pliegues de la materia, todo lo que Sara Fernández hace y nos muestra, lo
que ella nos devela, es complejo. Máscaras de una fiesta antigua, resabios de
otra época que se abren paso hacía el presente anticipan, en el circulo del
tiempo, un indiscreto retorno. Son dioses, figuras desquiciadas del plano real,
guerreros sin nombre, guardianes del misterio y del olvido. Las reminiscencias
son claras, una chispa precolombina, un rumor del norte, se enciende en su
obra. El tiempo del ritual late confundiendo vientos de todas partes; tierra
que se mezcla y modela naturalezas nuevas y artificiales. Reconocemos esa
referencia, la descubrimos en un abrir y cerrar de ojos, en la inquietante reconstrucción de un mundo destruido y
violentado. Sin embargo, Sara establece conexiones singulares, la textura de
sus esculturas, blandas o arcillosas, se bifurcan entre el adentro y el afuera,
reductos de carne, erupciones de una geografía visceral, labios y vaginas donde
la serpiente originaria se plasma y nace, otra vez. Hojas, escamas, ojos,
cuernos, colmillos, flores, componen el catalogo de abigarradas presencias
donde tiempos y espacios diversos se aproximan y se abrazan. La obra de Sara, entonces,
es una acción expansiva, como sí nos mostrara el reverso oculto de su interior,
no el mundo andino catalogado por el etnólogo o el antropólogo, sino la carne
plegada que debajo de su piel es memoria y quiasma. No es un imaginario de postal,
las ruinas del turismo, el culto pagano en la visión académica, en Sara es otra
cosa, más rara y única. Es alegría voluptuosa que alimenta su alma, ebriedad de
chicha ardiente, consumida en sueños y en la turba desenfrenada del deseo. El
tiempo ancestral habita la carne, los dientes, el pelo y el globo ocular, nos
marca, más allá, de los que vemos porque habita el adentro perplejo. Escribe una
maravillosa poeta y tejedora boliviana Elvira Espejo Aylca: Estrella que brilla / estarás brillando / y
mientras la gente / estará peleando / flor de la manzana / y mientras el tiempo
/ estará pasando. El curso de un río claro, las colinas cercadas de
víboras, el cactus que imita animales, los pájaros modelando su nido, todo
ignora lo humano, todo acaece y vibra sin su intervención, inclusive, se
fortalece con su ausencia. Aunque robemos a los dioses sus geografías
escarpadas y rocosas, las voces que claman la luna y sus ciclos enredados a estrellas
o el inevitable temblor de morir en estas tierras, en el invierno las hojas volverán
a caer, insistente en su simple crepitar y en primavera las flores olerán,
insistentes en su simple florecer, y así, sucesivamente, lo que labra ondulará
las entrañas de quien se conmueva por estar, insistente en su simple, estar.
Tierra o vientre, encendidos
La naturaleza es anterior, aunque no sabemos demasiado
de su origen, de las diversas circunstancias biológicas, del despliegue de la
vida; de los organismos, seres, floraciones, montañas o el agua inmensa de
todas partes, por ejemplo. Aunque, apelemos a la ciencia el enigma es
constante, inevitablemente, nos lleva a lugares donde toda pregunta recala en
infinitas respuestas. Sin embargo, si recurrimos a los esbozos de la materia
misma, a lo que su sinuosa potencia nos dice y regala, en el generoso
despliegue de su existir, comprendemos que el misterio nos incluye. Nosotros
mismos, cada uno de nosotros, encarnamos lo misterioso. La obra de Mariana
Gabor se instala en esa dimensión de intersección o de una naturaleza que aún
no expulsó a la humanidad de su constelación voluptuosa, esa que nos excede y
envuelve, y allí descubre un espacio intacto. Mariana retoma en los cuerpos,
dentro de ellos, un estado de constante nacimiento, una mutación que florece en
lo extraño y lo sorprendente. Cuerpos como plantas brotando entre animales,
ninfas extasiadas que se pierden en una atrevida selva, colorida y frondosa, en
un entramado de lo orgánico que desplaza todos los límites. Una concepción
constante, una abertura del nacer que se despliega explotando, excediendo toda
determinación cultural, toda regularidad o ley. Ahora bien, las coordenadas de
la obra, los objetos de cerámica, las pinturas, las instalaciones escultóricas
son más precisas aún, ese cuerpo complejo, atiborrado de épocas diversas,
mutable y climático, es siempre femenino. Amplias caderas y senos afrutados,
abdómenes prodigiosos, entrañas acaracoladas, un cuerpo poderoso que, como un
imán atrae la vida, desde arenas remotas extensas comunidades de conchas
marinas, moluscos, caracoles y algas que acechan con sus formas y texturas.
Armonía Somers en su hermosa novela La
mujer desnuda escribe Con desprecio
y con rabia vio acercarse a su mujer. La cubría un miserable vestido suelto
color tierra. El cabello grisáceo, apenas sujeto con un moño alto, hubiera
podido darle desde lejos una vaguedad de cosa irreal, emparentada con la
corteza de los árboles. Así, lo que Mariana nos ofrece, explora esos
efectos peligrosos de lo que se mantiene oculto, un tipo de saber que no encuentra
lenguaje ni expresión, sólo algún ritual extemporáneo y desgarrado, una poesía
de rocas y pájaros dispersos donde las bocas y los ojos encuentran sus
designios sagrados. La obra muestra, la obra ofrece, los restos de ese estado
de unidad con la obscena madre tierra, desnuda e impúdica, contra todo
designio. De esa latencia irrefrenable de la carne que busca sus propias
espinas, las piernas el delicado abanico de plumas y los ojos ese fuego que arde
y jamás se apagará.
En el final, un rayo
En dos manifestaciones del espacio despliega Marcela
Argañaraz la relación de los cuerpos en el momento del abrazo o del encuentro. El
primero, acontece en un damero con dibujos, como heridas sobre la arcilla
plana, en tonos tierras y grises. Allí, las imágenes ostentan la voluptuosidad
danzando, la disposición de la cercanía entre esas anatomías desnudas. Por
momentos, las suntuosas siluetas se pierden con el fondo, se esconden o
escabullen en los planos de cerámica, también se desdibujan en tramos de
piernas y brazos, cabezas y caderas y donde había cuerpos ahora hay redes o
laberintos, nuevas figuras. Las siluetas solitarias son más claras, se coronan
en el plano, soberanas en los límites de su cuadro. Sin embargo, todas las
corporalidades son blandas, las líneas se abren en algunos sitios donde la
forma debía cerrarse, también fragmentos de hombres o mujeres aparecen en la
superficie. En esos dibujos todo surge desnudo, lo que hay se muestra de manera
despreocupada y natural, con la misma seguridad con la que la mano plasmó esas
huellas. Cada mosaico rememora un dibujo más amplio, como sí lo que vemos
representara sólo la porción de una arquitectura enorme e inabordable. La
segunda expresión es la que nos remite a esos cuerpos confundidos entre sí,
abrazados o violentados, eso no nos queda demasiado claro y se debe al
encubrimiento material que les fue asignado. Las esculturas ahora,
indiscutiblemente, tridimensionales, de tonalidades marmóreas, están cubiertas
o sugeridas por los pliegues de la materia. Se insinúa una escena, se invita a
espiar entre esos rostros prácticamente inexpresivos, en esas rugosidades de
materia, un poco opaca, un poco brillante. Entre un grupo de obras y otro,
concebidos como dos caras de una misma moneda, nos atraviesan los temblores de
esos cuerpos como un rayo. Entre la caricia y la fricción, entre deseo y el
terror se edifica esa confusión, donde los recursos metafóricos de Marcela
establecen como tensión. Escribe en un precioso poema Adela Biagioni: Quisiera decir la pasión / aterradora del
universo en la noche / un ardiente abrazo que abandona. De la misma manera,
los abrazos de Marcela, los más frágiles y los más eufóricos, se edifican en la
ráfaga inevitable de su inminente desaparición, como sí la fuerza que resiste
en algunos gestos y músculos se congelara deteniendo el momento anterior al
desenlace: la separación y olvido. Adivinamos, entonces, que cada escena es un
momento diferente de un final que nunca llega, que se evita o espanta, que ordena
los cuerpos frágiles en la soledad del mundo, en la soledad que se cuela por
mínimas hendiduras del cuerpo, blando y desierto.
El tibio eros de lo artificial
Diversas situaciones o elecciones pueden desencadenar
un proceso de transformación, desde las pequeñas turbaciones de nuestras
moléculas, día tras día, hasta las condiciones biológicas de las especies, era
tras era. Las sugestivas esculturas de Luciana Bertoloni parecen acontecer en
un tramo alquímico que nadie registró, en un limbo de extravagancias sutiles
que la retina y la mente, dudan en catalogar. Esfinges femeninas o masculinas, conejas
y conejos, gatas y gatos pequeños y ariscos que ostentan carnes entre ramas
verdes, objetos, tierra o flores. Engendros de topografías inverosímiles guarecidos
en la materia fría del vidrio, esa que alguna vez les dio origen. Así, solitarias
y ambiguas, las extrañas criaturas viven su vida andrógina componiendo para
nosotros un mundo diferente, un entramado de posibilidades en la potencia de una
visión soñada y volátil. Cierta evidencia se advierte en ese tiempo de lujuria
delicada, introspectiva, en ese erotismo indecoroso de una anomalía
clandestina. Las esculturas, ostentan el impropio deseo de acceder a la vida, como
sí cada una de ellas fuera en un espejo hipotético, donde cada uno de nosotros
nos reflejamos intactos. Los seres, mitad humano, mitad animal, una mezcla
poderosa de eslabones inconexos en los anales de la ciencia, son experimentos,
prototipos para aumentar la realidad a sus fronteras de hechizo. Luciana nos
presenta una enciclopedia erótica y frágil donde se divisa una variedad
discreta de morfologías extendidas a un cuerpo real, en su condición anatómica.
Nos muestra que extravagancias pueden adosarse o sumarse a un cuerpo, pero más
interesante aún, señala como en ese mismo proceso de mutación un cuerpo puede
perder algo de sí. Este es el punto donde el mundo se abre y ensancha, se
derrite como un glaciar majestuoso bajo la luz solar. El punto, donde la
pérdida de ser quien uno es se convierte en bonanza y presagio; abandono de las
líneas fijas del rostro, abandono del designio significante que opera en las
coordenadas de lo humano, alteración de la mirada, desmontajes rituales
seduciendo las curvas suaves y ondulantes de esos cíborg alucinados. Jorge Barón Biza escribió: Con perspectiva, solo hay copia de la naturaleza; solo la falta de
escala permite la mezcla de carnes, la expresión de la irracionalidad de cada
ser, que así, por ausencia de normas, se convierte en carne disponible. Luciana
no representa o replica la pérdida en el ocaso actual de la comunicación y de
la historia, más bien, se desprende poéticamente de la noción cerrada e
intransferible de humano y así nos conduce a un destino anómalo y feliz, sin
más.
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